La concepción del género a lo largo del tiempo

El género es nuestra prisión. Ya sea que hallamos nacido hombres o mujeres, que nos identifiquemos con dicha asignación o que podamos movernos en el medio, nuestro género nos define. La forma en que vestimos, los intereses que expresamos, las parejas con las que nos relacionamos, la forma en la que tratamos a otros géneros, todo es permeado por él. Desde el trato que recibimos, el que damos e incluso cómo nos concebimos, nuestro género nos atraviesa profundamente como individuos condicionados por él. Y, a lo largo del tiempo, nuestra concepción social del género se ha transformado.

En las últimas décadas, hemos aprendido de él y deconstruido los conceptos a su alrededor. Aprendimos a separar nuestra biología (nuestro sexo) de lo que socialmente se esperaba de nuestro cuerpo (el género) según nuestros cromosomas y genitales. Antes, hallábamos conceptos como la incapacidad de las mujeres de trabajar, el involucramiento nulo de los padres en la crianza o la división de los colores por género. Actualmente son visiones que, a pesar de presentarse en distintos matices y realidades, cada vez pertenecen más al pasado, a otra época. Al menos en su mayoría, las sociedades occidentales parecemos habernos dado cuenta de que el género, como bien enuncia la filósofa Judith Butler, es un performance, una fantasía.

Parece que, en nuestro tiempo, el género tiene cada vez menos poder. Aunque aún representa una carga colosal y gigantesca que se encuentra lejos de desaparecer, avanzamos hacia ello. Hemos aprendido a deconstruir y reconsiderar las construcciones sociales que nos han perseguido por años. En conjunto con las ciencias humanas, pareciera que somos capaces de identificar que, más allá de lo biológico, nuestro sexo no nos condiciona. Movimientos como los distintos feminismos y la lucha por la reivindicación de las sexodisidencias nos han enseñado que nuestros cuerpos son más que lo que el pensamiento cientificista moderno patriarcal nos dijo de ellos.

Así, hemos explorado conceptos como transexualidad, nuevas masculinidades y la reivindicación de lo femenino. En una balanza que a veces se inclina hacia distintas direcciones, estamos tratando de construir un mundo que contemple a sus individuos más allá de binomios. Saldando una deuda histórica con las minorías, estamos aprendido a escuchar a aquellas voces que escapan de lo hegemónico masculino heterosexual. Y, a través de ellas, hemos aprendido que nuestras corporalidades pueden ser liberadas de los conceptos que las aprisionan.

Ese es justamente el siguiente paso que nos proponen ciertos feminismos y la teoría queer: el desmantelamiento total del sistema binario de género. Se busca que, con el paso del tiempo, la concepción del género se replantee a tal nivel que este desaparezca. Esa es la utopía: un mundo donde nuestros genitales y cromosomas sean simples realidades corpóreas, no limitantes. Soñar con realidades donde existimos por el ser que somos, no por el que nos han impuesto. Construir un mundo que pueda ver más allá de lo biológico y no busque definirnos en lo homogéneo. Crear un futuro donde las personas podamos construirnos libres de constructos y opresiones, donde nuestros cuerpos no condicionen nuestro papel en lo social. Libres de estereotipos, de condiciones, de conceptos. Rebeldes al género. Indeterminados por él. La liberación de los individuos que nos desarrollamos en este sistema solamente es posible replanteándolo por completo

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