Aunque el mármol su muerte sobrevive,
Sor Juana Inés de la Cruz
en las piedras verás el «aquí yace»,
más en los corazones, «aquí vive»
La muerte es un símbolo emblemático que ha causado admiración, temor e incertidumbre en la existencia del ser humano. Diversas culturas han generado varias creencias, ritos y tradiciones para venerar, honrar, ahuyentar o incluso burlarse de la muerte. En el caso de México, le dedicamos todo un día para celebrarla , honrarla y, especialmente, encarnarla de una forma única.
En Día de muertos, los vivos y los muertos se reencuentran para demostrar que el amor trasciende verdaderamente las fronteras entre este mundo y otro. Pues juntos gozan de sus platillos favoritos, bailan al son del canto de los mariachis y plasman recuerdos en papel picado. Siendo así que dentro de la cosmovisión mexicana la muerte no representa ausencia, sino presencia viva de la que aprendemos a diario para darle sentido a nuestro existir.
Así que en efecto, en México es esencial que para celebrar la muerte hay que vivirla porque no hay una sin la otra. La vida y la muerte son caras de una misma moneda que al negar a una, se pierde el sentido de la otra. Tal es la filosofía de Día de Muertos: «hay que vivir la muerte para aprender a vivir, así como hay que morir de vida para aprender a morir». Algo así como si al ser conscientes de lo finito nos sea posible existir en un infinito de posibilidades.
Esta tradición que nace desde nuestro seno prehispánico y que posteriormente se moldeó al colonialismo, ha logrado hasta hoy en día inmortalizarse en nuestra cultura como una de las venas trascendentales por las que late México. Tanto así, que incluso en 2008, la UNESCO declaró al Día de Muertos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Demostrando que su fascinación es contagiosa y así es posible extenderse más allá de nuestro propio país . Por lo que podemos encontrar una que otra ofrenda, catrina o papel picado en otras partes del mundo.
Esta celebración se vive precisamente gracias a un patrimonio cultural impresionante. Desde su propia gastronomía (como las calaveritas de azúcar y las hojaldras), hasta su creaciones poéticas (las famosas calaveritas), sus célebres personajes (tal como la Catrina, Xibalbá, alebrijes), su auténticos altares (las ofrendas), su emblemáticas flores (el precioso cempasúchil) y más. Es por ello que con esta celebración no solo se honra nuestra cosmovisión, sino la propia manifestación cultural que hace que México sea como es.
Claro que, no por ser una tradición significa que se ha quedado estancada en un mismo significado, sino que está misma va evolucionando como una dinámica viva que permite un discurso entre nuestro pasado, presente y futuro. Pues generación tras generación no solo se conecta con sus antepasados, sino que también marcan el camino hacia sus futuros descendientes.
De ahí que la importancia de Día de Muertos radique en ser una tradición integradora, representativa y comunitaria. Pues la manera mítica y mágica con la que abrazamos a la muerte, permite expresar el autorreconocimiento y la reafirmación de nuestra identidad cultural. Y, sin duda lo más especial, es que tal unión germina en vida pero florece con amor en la muerte.



