Las mujeres enfrentamos la violencia a diario, ya sea en las calles o en nuestro propio hogar, infligida tanto por extraños como por aquellos en quienes confiábamos. Un miedo que crece caso a caso, sin saber realmente si llegará algún día en el que nos sentiremos seguras, en el que viviremos en paz y plenamente, en el que ser mujer no sea un castigo por este sistema y por la historia. Recientemente ha salido a la luz un caso sumamente alarmante e impactante, que nos pone la piel de gallina al recordar que el peligro que amenaza a las mujeres no solo se encuentra en el exterior, sino que dormirmos lado a lado con él.
El caso de Gisèle Pélicot
En Francia, durante una década (entre los años 2011 a 2020), una mujer fue drogada por su propio esposo para que otros hombres pudieran abusar sexualmente de ella. No solo eso, sino que también grabaron las violaciones para difundirlas en internet y así seguir alimentando este acto violento y enfermizo, en el que participaron tanto hombres desconocidos como vecinos e incluso familiares. Esto llevó a que, a finales del 2020, la policía francesa lograra dar con el caso y finalmente entrar en contacto con Gisèle Pélicot. Sin embargo, la sorpresa fue enorme al descubrir que ella no sabía nada de lo que estaba ocurriendo ni de lo que estaba sufriendo, especialmente al enterarse de que su agresor era la persona con la que compartía su vida desde hace cincuenta años.
Afortunadamente, la evidencia fue suficiente para dar con setenta y dos sospechosos, de los cuales cincuenta de ellos ya han sido arrestados y sometidos a juicio junto con el esposo, Dominique Pélicot. Durante los próximos meses, los acusados se enfrentarán ante un panel de cinco jueces, en donde está previsto que Pélicot hable la próxima semana en conjunto con psicólogos, psiquiatras e informáticos que testificarán para esclarecer el caso.
De hecho, Gisèle Pélicot a pesar de ser la víctima de la situación, en realidad se ha mostrado como una verdadera guerrera al respecto. Pues lejos de esconderse, se ha levantado la cara en alto para dar a conocer este caso al mundo entero como un ejemplo sobre el uso de medicamentos en las violaciones. Así es, Gisèle Pélicot además de testificar con voz desgarradora y llena de ira sobre el caso, también ha solicitado que el juicio fuera totalmente público.
Hablo por todas estas mujeres que son drogadas y no lo saben, en nombre de todas estas mujeres que quizás no lo sabrán nunca (…), para que ninguna mujer más tenga que sufrir la sumisión química
Gisèle Pélicot
La máscara cotidiana que esconde al monstro de tus pesadillas
En efecto, el caso en muchos sentidos resulta desconcertante, indignante e intimidante. Pues ya no solo se trata de una pesadilla que viven día a día muchas mujeres y de la que no pueden despertar, sino que ahora lo más terrorífico es pensar en la pesadilla de la que podrías estar viviendo en carne y hueso sin saberlo, amenazando la vida que creías conocer.
Así, lo más irreal de la situación no es que Gisèle Pélicot no se diera cuenta de la pesadilla que vivía, sino más bien cómo la amenaza puede volverse cada vez más peligrosa al cometerse con tal sutileza. Si antes los gritos desgarradores de los casos sonados eran en suma atemorizantes, ahora el silencio de las violencias que se esconden en los rincones de nuestras casas, en los corazones de las personas que amamos y en donde, sin saberlo, la víctima eres tú, resulta aún más aterrador.
Tal como Gisèle Pélicot pide, dar a conocer este tipo de casos no debe revictimizar a la mujer, sino que debe servir como una denuncia de la violencia que sufren las mujeres en el espacio público y privado de sus vidas. Es un triste y desgarrador, pero necesario recordatorio de que el 70% de homicidios, violaciones y agresiones contra las mujeres provienen de de sus parejas, familiares o conocidos (ONU, 2023). Que por ello las mujeres ya no están seguras en las calles, en sus propias casas o en cualquier lugar, dado los innumerables rincones del mundo en los que se han escondido nuestros cuerpos, nuestros gritos y nuestra libertad. Que el odio, la maldad y la violencia no perdona de donde provenga, pues nuestro agresor puede portar la mascara de un padre, un hermano, un amigo o de quien creíamos amar.


