Han pasado cincuenta y cinco años del dos de octubre de 1968. Un hecho doloroso, un hecho que aún despierta furia, que aún le sangra a México. Un acontecimiento que, tras muchos años, aún permanece impune. Permanece misterioso. Continúa sin resolverse. Y que, de distintos modos, aún se continúa viviendo. Aún se sigue repitiendo. Todavía se nos presenta. La lucha estudiantil en México, aunque hayan pasado casi seis décadas desde el sesenta y ocho, aún es vigente y aún es dolorosa.
Y es una lucha que aún se extiende, que aún grita. En el sesenta y ocho, se exigía un país de paz, de progreso, de no represión. 2014 pidió justicia por los cuarenta y tres normalistas desaparecidos. 2020, la resolución del asesinato de tres estudiantes. Tan solo en el último mes, el estudiantado de la UPAEP convocó a un paro de labores por la inseguridad que se vive a los alrededores del campus. Meses, años, décadas, la petición continúa siendo la misma: estudiantes luchando para que vivir en México no les cueste la vida.
La represión, la violencia y el abuso de las autoridades tampoco desaparece. Como la violencia mediática que sufrieron los estudiantes que buscaban denunciar la corrupción de Enrique Peña Nieto con el movimiento #YoSoy132. Violencia como la que sufrieron los cuarenta y tres normalistas víctimas de desaparición forzada antes de participar en una marcha conmemorativa del dos de octubre. Desaparición que, por supuesto, continúa sin resolverse. Tan solo en este pasado mes de septiembre, estudiantes de la UAH fueron brutalmente golpeados y violentados por cuerpos de seguridad de su universidad. ¿La razón? Protestar en contra de la discriminación, corrupción e influencia del PRI en la institución.
La historia continúa repitiéndose. Pareciera que es una lucha que le grita a la nada, que tiene que enfrentarse contra un monstruo gigantesco. Contra un gobierno que no solamente es apático ante el sufrimiento de su pueblo, sino que castiga activamente a aquellos y aquellas que buscan justicia. Porque vivimos en un México donde no se castiga a los narcotraficantes, ni a los secuestradores, ni a los violadores, ni a los asesinos. El gobierno está más preocupado por investigar, amenazar, desaparecer y asesinar a los jóvenes que buscan exigir justicia ante la situación inhumana a la que se enfrentan los y las mexicanas.
Sin embargo, la lucha estudiantil es consciente de su historia. Es una lucha con memoria histórica. Como bien apuntaban varios carteles de manifestantes en la megamarcha estudiantil del 2020: “Somos hijxs del 68 y hermanxs de los 43”. Generaciones de estudiantes que han luchado, que han gritado, que han alzado la voz ante el infierno que viven todos los días. Estudiantes cansados de no poder caminar en paz por las calles, de tener miedo de no volver a casa, de no encontrarse con sus padres de nuevo. Estudiantes hartos del dolor, de perder a sus amigos, de enterrar a sus hermanas. Una lucha estudiantil en México que aún continúa vigente, aún sigue sangrando, aún sigue protestando llena de furia. Porque, como corea la consigna, las balas que disparaste van a volver, la sangre que derramaste la pagarás, los estudiantes que asesinaste no morirán.


