Cada día, miles de personas cruzan fronteras en busca de un sueño, una esperanza, o simplemente el derecho a vivir con dignidad. Esperando encontrar puentes que conecten nuestro universo humano, pero también topándose con barreras como bienvenida. Así, en un mundo donde las políticas endurecen fronteras y discursos como “Make America Great Again” justifican la exclusión, los migrantes se convierten en símbolos de resistencia y esperanza. Vienen cargando el peso de un presente desigual, de crisis humanitarias, económicas y climáticas, pero también traen consigo una promesa humana que a veces se cumple y a veces no. Es por ello que en este Día Internacional del Migrante, la pregunta se vuelve cada vez más urgente: ¿seguiremos viendo en ellos una amenaza, o reconoceremos su humanidad como un espejo de la nuestra?
Día del Migrante: ¿puente o muro en construcción?
El 4 de diciembre de 2000, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el Día Internacional del Migrante para responder al creciente número de migrantes en el mundo y alentar a la comunidad internacional a proteger de manera efectiva y plena sus derechos humanos, frecuentemente vulnerados durante su desplazamiento, cruce de fronteras y asentamiento. Desde entonces la migración se ha vuelto un punto central en la agenda internacional, motivando el diálogo y apoyo humanitario a esta causa.

Sin embargo, con los recientes acontecimientos globales como el endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos bajo el Título 42, la crisis humanitaria en la frontera sur de México, el incremento de las deportaciones masivas en Europa y el trato desigual a los refugiados de distintas regiones del mundo, parece que este proyecto solo ha quedado en palabras que la aristocracia usa para sentirse el héroe de la historia, pero cuando se trata de extender la mano entonces deciden brindarla o esconderla dependiendo de quién la necesita. Esto demuestra una doble moral en el discurso sobre la migración, que nos impide actuar de acuerdo a las necesidades de este fenómeno social.
¿A qué llamamos migración?
De acuerdo con la socióloga Cristina Blanco (2000), la migración es el fenómeno social más importante de nuestra era, pero es sumamente complejo describirlo. Tan solo desde su definición ya presenta un problema, pues, por ejemplo, la UNESCO define las migraciones como «desplazamientos· de la población de una delimitación geográfica a otra por un espacio de tiempo considerable o indefinido». Sin embargo, esto no determina aspectos como la delimitación geográfica, duración y condiciones en las que se realiza el desplazamiento para considerarse migración. Esta ambigüedad en la misma descripción del fenómeno dificulta una atención adecuada a las necesidades y problemáticas migratorias.
Lo más preocupante de esta ambigüedad es la manera en la que se emplea el discurso de la migración a nivel internacional y humanitario. Por ejemplo, bajo la anterior descripción no quedaría claro qué diferencia a un extranjero de un migrante. Después de todo, ambos son personas que se desplazan a un lugar diferente del que nacieron con miras a establecer una vida ahí por un tiempo considerable. Sin embargo, Blanco (2000) señala que la diferencia entre extranjero y migrante radica en su recepción, pues lo que determina que uno sea recibido o no por el país solicitado en gran parte depende del estatus económico de su propio país de procedencia.
Para algunos extranjero, para otros migrante
Así mientras el extranjero es bien recibido y hasta alabado por los nativos debido a la asociación con un buen estatus económico, por otro lado, el migrante no solo es castigado ante la falta de ello, sino que además es visto como una carga o un problema. En efecto, de esta ambigüedad no solo deriva una doble moralidad de cómo se maneja el discurso migratorio, pues con ello además arrastra una serie de descuidos para tratar adecuadamente este fenómeno social.
Ahora, ya sé lo que muchos piensan: que la diferencia clave radica en el estatus legal en el que se realiza ese desplazamiento. Pues, para considerar a alguien extranjero este debe haber residido de manera legal en otro país, mientras que el migrante comúnmente se asocia con un estado ilegal. Sin embargo, nuevamente Cristina Blanco defiende que las mismas leyes diseñadas para recibir a personas ajenas al país dependen de un estatus económico que lo haría bienvenido o excluido en el país al que solicita residir.

Por ejemplo, un europeo con ciudadanía española o alemana encuentra un trámite sencillo para ingresar a países como México o Estados Unidos, gracias a acuerdos bilaterales o visados rápidos que facilitan su ingreso. En contraste, un latinoamericano enfrenta numerosas barreras en el proceso, incluso cuando persigue las mismas intenciones laborales o académicas. En México, esta situación está presente, ya que las leyes permiten que ciudadanos europeos puedan residir y trabajar con facilidad, mientras que los centroamericanos enfrentan detenciones o deportaciones masivas incluso al intentar regularizar su estatus migratorio. Este doble estándar evidencia cómo el origen y el poder adquisitivo determinan quién recibe la bienvenida y quién enfrenta la exclusión.
Puentes que conectan, barreras que separan
Con esto, es imperativo entender la urgencia de ir más allá de nuestros estándares para cerrar la brecha entre unos y otros. Es decir, reconstruir nuestra manera de percibir la migración y con ello generar herramientas humanitarias que permitan la protección de todas las personas que se desplazan de un lugar a otro por un tiempo indefinido, ya sea que lo llamemos migrante o extranjero.
Urge atender esta problemática. Tan solo considerando el último informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2022 había más de 281 millones de migrantes internacionales, lo que representa el 3.6% de la población mundial. En México, la situación migratoria refleja tanto hospitalidad como tensiones. Durante 2023, se registraron más de 44 millones de entradas regulares al país, mientras que las devoluciones desde Estados Unidos alcanzaron 47,659 eventos en el primer trimestre de 2024, un aumento del 13% respecto al trimestre anterior.
Por otro lado, en los países de la OCDE, la migración también está en niveles históricos, con 6.5 millones de nuevos migrantes permanentes en 2023. Sin embargo, mientras algunos gobiernos impulsan políticas inclusivas, otros endurecen restricciones que refuerzan narrativas de exclusión. Esta dualidad revela las tensiones entre la necesidad de integrar a los migrantes en las economías y sociedades receptoras, y los prejuicios que los condenan a la marginalidad.
Desconexión en nuestro universo humano
Al final, en este Día Internacional del Migrante es imperativo plantear la pregunta sobre si los migrantes son bienvenidos o excluidos, pues aunque esta no tiene una respuesta única, sí evidencia la urgencia de construir un enfoque más humano y justo ante este fenómeno que define nuestra era. Los muros destruyen los puentes que permiten conectarnos unos con otros, negando no solo oportunidades a quienes buscan un futuro mejor, sino también la riqueza cultural, económica y social que los migrantes aportan a las comunidades que los acogen. Reconocer su humanidad y dignidad no es solo un acto de justicia, sino una necesidad para construir un mundo donde las fronteras no sean barreras, sino espacios de encuentro y solidaridad.

La migración es el espejo que nos enfrenta al otro para ver nuestra humanidad reflejada en él. Así, es necesario un enfoque humano que trascienda las barreras de la política, el prejuicio y la economía, y que reconozca en cada migrante no solo a un viajero, sino a un portador de historias, sueños y contribuciones invaluables. Porque al abrir las puertas a quienes buscan un lugar, no solo transformamos sus vidas: también redefinimos la esencia de nuestra humanidad compartida.


